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¿Por qué somos adictos a la velocidad? ¿Por qué somos adictos a la velocidad?
La velocidad nos encanta. Ya sea en el coche, en la moto o en un parque de atracciones, la adrenalina que nos produce la... ¿Por qué somos adictos a la velocidad?

La velocidad nos encanta. Ya sea en el coche, en la moto o en un parque de atracciones, la adrenalina que nos produce la aceleración es prácticamente incomparable con cualquier otra sensación.

Pero, ¿por qué nos gusta tanto correr?

La sensación de poder y de pérdida de control que nos proporciona la velocidad y que puede resultar adictiva, tiene una explicación científica. Un estudio de la Universidad de Portsmouth, en Reino Unido, sostiene diversos argumentos que explican por qué la velocidad engancha. Os los contamos para que, si no lo habéis probado, lo hagáis.

Eso sí, en un circuito profesional y siempre de manera responsable, claro.

Somos adictos a la adrenalina como también lo somos al café:

Correr es adictivo, igual que el café. Conducir a alta velocidad produce el mismo subidón de adrenalina que tomar café, produciendo en el cuerpo humano los mismos efectos que la bebida.

El miedo y la exaltación producidas por la conducción a gran velocidad y por la sensación de pérdida del control del vehículo provocan que el cuerpo reaccione combinando pensamiento e instinto de supervivencia, lo que provoca un aumento del ritmo cardíaco y mejora los tiempos de reacción en un seis por ciento, lo mismo que produce la cafeína.

No hace falta conducir para que la velocidad te afecte. De hecho, el estudio concluyó que las pulsaciones de los pasajeros de los coches que circulan a gran velocidad aumentan un 80% respecto a su estado de reposo, además su tiempo de reacción se incrementa también en un 4%.

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La velocidad genera adrenalina, y la adrenalina adicción, ¿cómo luchamos contra esto?

Otra de las principales conclusiones del estudio es que la velocidad a motor, concretamente correr al máximo que se pueda dentro de un circuito, aumenta más las pulsaciones que saltar en paracaídas o montar en una montaña rusa.

La adrenalina de la conducción supera a todas las demás. Como respuesta corporal a la sensación de inseguridad que provoca correr o perder el control, la frecuencia cardíaca aumenta. De hecho, el estudio revela que el ritmo de bombeo del corazón mientras se conduce a la máxima velocidad posible, sube a 181 pulsaciones por minuto, mientras que declarar tu amor solo las aumenta hasta 130 y saltar en paracaídas desde un avión las coloca en 170 y una montaña rusa en 155.

Pero tenga la explicación científica que tenga, lo importante de la velocidad es que nos hace sentir libres y poderosos. Conducir en un circuito profesional y sentir las ligeras vibraciones del volante en nuestra mano nos encanta, libera nuestra mente y deja salir nuestro lado más salvaje. ¿Y tú? ¿Todavía no has probado esta sensación?

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Lucia Rodriguez Experta en ocio, cultura... y ¡Regalos!

Soy feliz conmigo, juego a ser mejor, por eso escribo.